¿Por qué este ministerio? Parte 1 – Fundamentos

Pbro. Daniel J. Varayoud

Quienes visitan esta página se pueden preguntar con sincera razón. ¿Por qué la Iglesia tiene un ministerio destinado a quienes han roto al matrimonio y ahora se encuentran viviendo en otra unión no sacramental? El fundamento de esta pregunta es válido ya que la Iglesia siempre ha defendido y defiende el matrimonio como un bien, como un verdadero sacramento, y que constituye una riqueza para los esposos, para la sociedad y para la Iglesia.

Sin embargo no es menos cierto que la Iglesia quiere llegar a todos y especialmente a quienes más sufren. También es prioritaria la tarea de la Iglesia de reflejar el Rostro Misericordioso de Jesús que se compadece del pecador y busca a la oveja descarriada (Lc. 15, 4-7)

La Iglesia reconoce que hay muchas causas por las cuales se llega al divorcio y estas “…son una fuente de sufrimiento tanto para los hombres de hoy como, sobre todo, para los que ven que fracasa el proyecto de su amor conyugal”. Por lo que “la Iglesia es muy sensible al dolor de sus miembros: al igual que se alegra con los que se alegran, también llora con los que lloran…” (Rm. 12.15)1.

Hoy es una gracia de Dios que se vea la situación de los divorciados desde otra perspectiva, no prioritariamente en su realidad objetiva de ruptura del plan de Dios, sino más bien desde la realidad humana sufriente. Benedicto XVI lo dejaba ver en la reunión con los sacerdotes de la diócesis de Belluno-Feltre y Teviso: “…todos tenemos cerca a personas que se encuentran es esa situación y sabemos que para ellos es un dolor y un sufrimiento, porque quieren estar en plena comunión con la iglesia. El vínculo de su matrimonio anterior reduce su participación en la vida de la Iglesia2.

Ya Juan Pablo II nos decía: “… exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando son solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza”3. El mismo Papa decía en el discurso que dirigió durante los trabajos de la Asamblea Plenaria en el n.2 “Estos hombres y estas mujeres deben saber que la Iglesia los ama, no está alejada de ellos y sufre por su situación. Los divorciados vueltos a casar son y siguen siendo miembros suyos, porque han recibido el bautismo y conservan la fe cristiana4.

Resumamos brevemente lo hasta aquí señalado:

  • La Iglesia, como su Buen Pastor Jesucristo, ha de estar cerca de los que sufren.
  • Aunque, objetivamente ablando, los divorciados vueltos a casar no están en plena comunión con la Iglesia, su participación en la vida de la Iglesia se ve reducida no anulada.
  • Su vida Cristiana y su ministerio abarca muchos campos comunes a la de cualquier bautizado. De allí su verdadero lugar en la Iglesia y en cada comunidad.
  • Es necesario que en todas las comunidades se comprenda correctamente la situación en la que los divorciados vueltos a casar viven y que nada tiene que ver con lo que “popularmente” se cree: “que por no poder comulgar ellos están excomulgados.

Lee la segunda parte en Por qué este ministerio? Parte 2 – Tareas de los pastores

Notas:

[1] Pontificio Consejo para la Familia, La pastoral de los divorciados. Recomendaciones, 14 de marzo de 1997.

2 Idem. Publicado en L´Osservatore Romano, edición en castellano, 14 de marzo de 1997.

3 Encuentro del Santo Padre Benedicto XVI con los párrocos y sacerdotes de las diócesis de Belluno-Feltre y Treviso, Iglesia de Santa Justina mártir,  Auronza di Cadore, martes 24 de Julio de 2007.

4 Juan Pablo II, exhortación apostólica al episcopado, al clero y a los fieles de toda la Iglesia, 22 de noviembre de 1981

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